viernes, 28 de enero de 2011

La rebelión de Nika (repetición)

Hace ya más de año y medio (hay que fastidiarse como pasa el tiempo), en el blog anterior que tuvimos Alberto y yo "en la tercera dimensión", coloqué un post histórico sobre un episodio interesante acerca de lo que puede ocurrir cuando la gente se posiciona a ciegas a favor o en contra de una causa: La Rebelión de Nika.

El intento de asesinato de la congresista en EEUU y la paliza que le han dado al concejal de Murcia han vuelto a poner de manifiesto los peligros que esta política implica. Y como el que no conoce la historia está condenado a repetirla he considerado que sería buena idea incluirlo en este blog ahora que tiene un nombre más apropiado para el post.

Y bueno, si además, veo que puedo hacer otro post reutilizando lo que ya tengo, pues trabajo que me ahorro, mejor que mejor. Lamentable pero cierto.

Sin más preámbulos, a lo que vamos, la Rebelión de Nika.

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Cuando vemos cómo los estadios de fútbol se convierten en campos de batalla o se apalea o mata a una persona simplemente por el hecho de pertenecer al "otro partido" podemos llegar a entender que este comportamiento es fruto de la sociedad actual en la que vivimos. Sin embargo, hay ejemplos históricos que demuestran que han existido casos de forofismo que han llegado a extremos de revolución abierta.

Normalmente la mayor parte de los gobiernos suelen estar tranquilos cuando se le facilita al pueblo "Pan y Circo", aunque en este caso fue precisamente la existencia de este circo lo que provocó que incluso el mismo emperador de Bizancio estuviera a punto de huir aterrado con la posibilidad de una muerte por linchamiento a manos de una multitud enfurecida.

En el siglo VI el Imperio Bizantino estaba destinado a ser uno de los estados más poderosos e influyentes de la Europa de la época. Siendo el Imperio Romano de Oriente se había salvado parcialmente de la ruina que destruyó y dividió en multitud de estados bárbaros a su contrapartida occidental, y bajo el mando de Justino I y más tarde Justiniano I se preparaba para expandirse por el Mediterráneo y llegar hasta la costa oriental española. Pero antes de ese avance tuvo que hacer frente a un problema interno muy grave que estuvo a punto de destituir al emperador Justiniano y cambiar el curso de la historia.

Uno de los centros neurálgicos de la capital del Imperio Bizantino, Constantinopla, (la ciudad que ahora es Estambul) era el Hipódromo. Éste era un circo romano que tenía capacidad para más de 40.000 espectadores, y que junto con el pan de trigo regalado de forma oficial, servía como válvula de escape para la mayor parte de la población de la ciudad que vivía en condiciones de vida vejatorias. En él, el espectáculo que movía más pasiones eran las carreras de caballos. Las cuadrigas estaban divididas en cuatro equipos (los rojos, los blancos, los azules y los verdes) y toda la afición que asistía a la carrera se alineaba con un color. La situación llegó a tales extremos que existían distritos (barrios) enteros dedicados a un color, y había representación política y religiosa de cada equipo. De esta forma, mientras que los azules eran tradicionalmente ortodoxos los verdes eran monofisitas, los demarcas (dirigentes y portavoces) de cada color tenían una clara influencia política en las acciones y decretos del senado y del mismo emperador, cada color tenía su propia milicia ciudadana encargada de defender diversas zonas de la ciudad en caso de ataque, e incluso el propio emperador Justiniano se declaraba abientamente azul.

A principios de enero del año 532 el control de la situación se había escapado de las manos del gobierno, llegando incluso a estar los tribunales de justicia controlados por las dos facciones mayoritarias, los Azules y los Verdes. La chispa que prendió la rebelión se produjo cuando, durante la celebración de unos juegos en el hipódromo, un orador de los verdes se dirigió personalmente al emperador, quejándose de unos asesinatos de personas afiliadas a los verdes que no habían sido castigados porque los tribunales competentes estaban en manos de los azules. Al ignorar Justiniano (azul confeso) las súplicas del orador, éste salió del Hipódromo con su bando, boicoteando las carreras. Los azules siguieron a los verdes hasta las puertas del Hipódromo, y estalló en ese momento una batalla campal.

Ante esto, el emperador eligió una demostración de fuerza para volver a recuperar el control de la situación. Los guardias apaciguaron el tumulto de una forma violenta y arrestaron a los líderes, tanto azules como verdes, ahorcándolos después de un juicio sumarísimo. No obstante, dos de estos líderes (uno azul y otro verde) consiguieron sobrevivir al ahorcamiento y llegaron hasta un hospital de la iglesia dónde solicitaron el derecho a asilo sagrado. La guardia, manteniendo su posición de fuerza e intransigencia e ignorando el derecho a inviolabilidad de la iglesia (las personas "acogidas a sagrado" dentro de una iglesia no podían ser detenidas por las autoridades civiles), entró en el hospital, detuvo a los dirigentes y los encarcelaron en una cárcel estatal muy cercana al Palacio Imperial. Esta absoluta falta de tacto consiguió algo impensable: Que los azules y los verdes (enemigos irreconciliables) unieran fuerzas y presentaran un frente cohesionado contra Justiniano. Los gritos de la gente que señalaban la facción a la que pertenecían ("azules" o "verdes") fueron sustituidos por otro común ("Nika", victoria). La insurreción era ya inevitable.

Los diversos intentos de Justiniano de recuperar el orden (apaciguamiento mediante la iglesia, toque de queda, ley marcial) fueron fracasando uno tras otro, y a mediados de enero el único territorio que controlaba el emperador dentro de la ciudad se limitaba al Palacio Imperial y a sus alrededores más inmediatos. Para empeorar la situación los insubordinados tomaron los arsenales del ejército, abasteciéndose de armas de guerra, y bastantes guardias que eran favorables a la causa de los revoltosos decidieron no actuar en contra de ellos. Numerosos edificios oficiales (como termas, iglesias y la primera Basílica de Santa Sofía) fueron quemados y derribados, y la gente que no tenía nada que ver con esta rebelión huyó en masa hacia los muelles para pasar el Estrecho del Bósforo y entrar en la parte asiática del Imperio. Además, el senado de Constantinopla, presionado por las facciones, acababa de coronar a Hipacio (sobrino del antiguo emperador Anastasio) como nuevo emperador, y el mismo Justiniano estuvo a punto de tomar un barco y huir a la seguridad de la región de Macedonia. Sólo la firmeza de Teodora, emperatriz y mujer de Justiniano, impidiéndo que éste huyera, y una campaña militar de tropas de élite del ejército encabezadas por los generales Belisario y Mundo logró salvar la situación y devolver el orden y la paz a la ciudad. El resultado fue una campaña militar sistemática que concluyó en una matanza de 30000 a 40000 personas, destruyó más instalaciones importantes (termas, hospitales y servicios de sanidad pública) y devolvió la paz y el poder a Justiniano a costa de un terrible precio.

Aunque el Imperio Bizantino se recuperó no mucho tiempo después (la Basílica de Santa Sofía fue reconstruida al cabo de cinco años), el ejemplo de la Rebelión de Nika demostró al gobierno que era imprescindible un control férreo y directo de las instituciones para mantener el orden establecido. Las carreras de caballos fueron suspendidas durante muchos años y las facciones disueltas, y aunque volvieron a aparecer, ya jamás alcanzarían el poder que alcanzaron antes de la revuelta.

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